jueves, agosto 06, 2009

Si supiera qué tal fue el día, no estaría de madrugada esperando a ver qué pasa.

No recordaba. Pero no importa realmente.
¿Le llamó? ¿No le llamó?
La duda entre la insistencia patética y rastrera y la desconsideración fría y despiadada se balanceaban en su mente como si fueran peces semitrasnparentes, con algunos tonos del lado frío dela paleta, como azules, verdes y lilas (porque las palábras púrpura y violeta suenan muy cálidas como para ser frías), que se mueven con ondulaciones que para un espectador serían sexuales, pero que no lo son para ellos. Para nada.
Creer que estaba sentada o acostada ocupó más tiempo en su cabeza que creer si pensaba o no en él. Después de todo, dependía en gran parte de eso... creo.
De haber tenido un vaso con agua al lado habría intentado meterse dentro de él. Lo cual pudo haberle causado serias heridas. Y aunque vaya que ha leído sobre los peligros de los restos de vidrio en la sangre (los trabajadores en fábricas de vidrio, el pueblo trabajador, el neo-sub-terrismo lillano, el esto-no-tiene-nombre), su estado de ahueonismo no le deja pensar como lo hacía en su época de esplendor, en el amanecer de los ídolos.
Se da vueltas en las safradas y frázanas de su cama que se mezclan formando cosas extrañas como frazadas. Alcanza el teléfono después de rodar y desea marcar un número que casi sabe que no se sabe de memoria. Cree que ella cree que se lo sabe porque posiblemente ella sí sabe el número suyo, y aunque no sea de memoria, lo de la memoria se debe solo a las pastillas o a la falta de ellas.
Tiene el cuernófono en la mano mientras las olas van y vienen dentro y fuera de.
Echa su cabeza hacia atrás y se pregunta si acaso está ebrio o drogado, pero no se responde. Y esperando respuesta pone cada vez más atención al cuernófono (no) sabiendo que al otro lado no hay nadie porque no se puede estar a sí mismo así mismo.
Las luces verdes y azules (nunca vio las lilas) giraban en el cielo interrumpido por el gollete donde debiera ir la ampolleta (que no se nota mucho, ¿cierto?). Si girasen más rápido, formarían círculos concéntricos que le recordarían viajes astrales desagradables a dormitorios desordenados de personas desgraciadas en momentos detestables. Tal vez recordaría las sustancias que no consumió y entonces sí quedaría mal porque el efecto placebo es el único que cura el SIDA y asuntos macros como ese.
La música debe estar sonando pero ya no la oye. La radio brilla cian y no está seguro del movimiento de sus números. O mejor dicho del cambio de uno por el otro que suele ser el sucesor del que desaparece. A rey muerto, el tuerto es el nuevo rey, siempre y cuando sea un país de ciegos, o mejor dicho un reino, ya que los países son republicanos y no monárquicos.
Si no le mareara tanto el mar habría estado mirando el dibujo ya borrado de las sábanas (una nueva mezcla) que de todos modos se puede apreciar si se tiene la suficiente memoria fotográfica y la suficiente inteligencia asociativa, que es la más importante porque solo con ella podemos ganar el bachillerato.
Se maldice por pensar estupideces y piensa que tal vez debería estar sufriendo.
Mira su cuerpo frágil, con fuertes huesos pero piel como papel maché (de diario, o periódico, semanario o revista aperiódica generalmente gratuita), gastada junto con su dignidad, con sus promesas de mierda que se rasgan como su piel, no-arrugada pero sí arrugable, como su palabra, que es tan débil y poco segura como su piel.
Se odiaba, se aborrecía, y es probable que aun lo haga.
¿Y si fue un buen día? Día de nubes que sonríen y madres que pasean con sus hijos, día de flores acolchadas y palabras bonitas que no suenan falsas...
Si estuviese seguro de eso, o mejor, si tuviese la ingenuidad del doblepensar y creerse a sí mismo que así mismo había sido, podría dormir en paz. Dio un par de braceadas y llegó hasta el borde de la camohada, con el alma en la garganta y cerró la puerta de la radio que brillaba cian porque, claro, tenía puerta.
La habitación quedó a oscuras y poco a poco los peces del cielo se fueron apagando como las estrellas suelen hacerlo en la hora en que ella se queda dormida.
Entre el oleaje nocturno y la nada, algo parecía brillar oírlo en el aire. Y el pobre muchacho de papel maché no estaba seguro de verlo/olerlo/oírlo o cualquiera de los otros sentidos que no recordaba porque nunca les tomó mucha importancia.

Tal vez ella está acá. Siempre lo ha estado, le dijo Dios mientras la mano dormida y acalambrada del muchaché de papel chacho olvidaba el cuernófono que sostenía o tal vez ya no.

Abrió muy poco sus labios y cerró mucho sus ojos. Tenía miedo de verse encender la ampolleta que posiblemente ahora sí estaba en el soquete vacío, o en algún otro soquete de ampolleta escondido a espera de algún barco a la deriva que apuntar para cegar a su capitán y saquearlo.

Creyó ver/oler/oir su mirada/aroma/voz, a las que realmente nunca les había prestado atención por fijarse demasiado en lo que provocaban en él más que en ellas mismas.


Quédate -dijo con voz de hijodeputa, tardando muchas horas y/o días en terminar lo que sigue-. No enciendas la luz. Los ojos duelen. Tal vez ver tu rostro al hablarme sería provechoso en estas circunstancias, pero no al precio de tener que tragar todas esas formas y colores que rodean actualmente todo. Puedo imaginarte; habla. Si acentúas lo suficiente las palabras podré imaginar más fácilmente tu expresión. La verdad, quisiera ver tus ojos. Pero no, no. Los imaginaré también, aunque no es lo mismo. Cada vez que intento recordarlos, sólo se forman imágenes mezcladas de ojos en mi mente, y no es hasta que los veo cuando logro saciarme. Entonces ya no necesito volver a ver más. Nada. No es necesario. Tal vez ahora me baste sólo con tu voz. Háblame, dime algo. Quisiera que te acercaras y poder tocar tu cabello, pero entonces sabré que no hay cabello alguno, y toda posibilidad de oír tu voz se desvanecerá en una ráfaga de luz imaginaria, reveladora, purificadora. Y entonces me hallaré solo y lejos de tu deseo. Y sabré que jamás has estado aquí. Y que ya no te interesa estarlo. Y que este lugar no existe ni siquiera en tu inconsciente.
Prefiero saber que si estás. Que tus cabellos están cerca de mis manos, que de tus ojos emana vida hacia mí, cruzando la oscuridad, que tu voz acariciará mi soledad y me sentiré reconfortado ante el tibio aliento que brota de tus labios entreabiertos. Que intentan decirme algo, que están punto de hablar. Y tu voz se deslizará por la negra atmósfera y yaceré junto a ti. Tan lejos de la soledad como puede estarlo la acogedora penumbra del exterior enorme, cegador y colmado de verdades.

Dios, o ella, que a estas alturas ya eran lo mismo en su mente, al otro lado del cuernófono, lo encontró penoso y poco digno, por lo que cortó con amor.

...Los peces no volvían.
Los estuvo esperando un buen rato cada vez con más esperanzas de recordar si fue el anterior un buen día.

2 comentarios:

dioni blasco dijo...

ME GUSTA.... lo que he leido aqui

Miaecilla dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.