sábado, noviembre 14, 2009

Por tu bien...

Quisiera regalarte, o que la vida mejor lo haga,
una dulce muerte en sueños.
Te hace falta; me hace falta.
A ti una vida inventada toda de nuevo
(ante la imposibilidad de echar atrás el tiempo)
Y a mí una vida
sin tu presencia constante.

Te regalaría yo el sueño, y que vida te de la muerte.
Un sueño pequeño, hermoso y eterno.
Una vida corta, efímera y olvidable.

Sueña las maravillas que nunca viviste
sueña con risas y vidas plenas,
realizadas
Sueña que tu dios existe y te ama
sueña que eres feliz, que estás alegre,
hasta las lágrimas.

Sueña que conociste lo que llaman amor
que quisiste que amaste y que fuiste amada
que fuiste amante, que fuiste libre, querida e importante
sueña que cantas a Dios y que te canta
un hombre
hecho para tí por Su mano.

Sueña con paisajes, con atardeceres
con risas de niño, con amistades
con seres
queridos, amados, perdidos
pero recuperados, presentes, contigo, a tu lado
sonrientes
con abrazos, con besos, y con lágrimas
dulcísimas lágrimas de alegría.

Llanto de alegría soñando.
Y que entonces (relevo el trabajo a la vida)
te lleve la muerte, que cierres tus ojos,
que tus labios sonrientes,
que tus ojos empapados
te suelten, te dejen,
te liberen y me liberen.

domingo, noviembre 01, 2009

A medias, como siempre...

Porque llega un momento en que tu sonrisa me provoca ganas de romperte los dientes con algo metálico pero sutil.
Porque llega una hora en que la puesta de sol se arruina con tu existencia.
Porque llega un día en que me da asco seguir leyendo tus cuentos en segunda y tercera persona, escondiéndote de forma misteriosa para seguir jugando con tu carnaval de madera, papel y metales sutiles.
Es por eso que la vez pasada rompí tu jugarreta y el suelo dio un seco murmullo entre papeloso, medérico y metálico, pero sutil. Casi sonreí cuando cerraste la puerta con firmeza, que hasta se quejó de ti; y casi disfruté imaginarte en un paraje arboloso-pastoso (de pasto, no de pasta) llorando en el suelo más de estrés y nervios que de pena o angustia, al fin sin mojar la almohada que yo sí mojo siempre, porque la uso solo para llorar y nunca para dormir, porque me envuelve y asfixia cuando está seca, tal como la maldita imagen que tienes de mí hace contigo

lunes, octubre 12, 2009

Ella, Hesychia


Ella se pasea recurrentemente por lugares plagados de manadas humanas.

Ella posee dos caras como Jano.

Sé que siempre estará dispuesta, sé que siempre ha estado allí.

Sé que cuento con su mano en todo momento y sin embargo le di la espalda por ti, por un conjunto indeterminado de ires, venires y voces. Voces que susurran como un río en desborde: podría, sería, y qué tal si..., deberíamos; sucedidos por síes, por buenos, por cómo nos, por ahora o nuncas y tantas otras barbaridades del actuar humano que insistían en abandonar a quien trae en su nombre el real abandono.

Tú, que pensé que eras Phobos y Deimos; ahora me hallo girando en espiral.

domingo, septiembre 20, 2009

Neurólogo

-Abría los ojos y, al lado de mi cama, veía la cocina. Encima del mueble de la cocina había una botella, que era de Pepsi, pero la bebida adentro era transparente. Me daba sed y me levantaba a servirme un vaso de bebida, pero cuando prendía la luz, mi cama no estaba, sino que la cocina era normal, como siempre. La botella tenía bebida justo como para un vaso, me servía casi todo y recorría los pasillos hasta mi pieza de nuevo. Me acostaba y, después de un rato volvía a ver la cocina al lado de mi cama. Me levantaba de nuevo y prendía la luz; volvía a servirme bebida, viendo que la botella estaba un poco más llena que la vez anterior. Al recorrer de nuevo los pasillos hasta mi cama, pensaba si acaso la botella se llenaba mientras más bebida me servía. Me acosté a oscuras y esperé que se me acostumbraran los ojos para ver si veía la cocina de nuevo; y volví a verla. Me levanté de nuevo, aunque esta vez sentía un poco de miedo, y empezaba a preguntarme cosas como por qué la casa estaba tan sola o si acaso había alguien en la casa a quien no había visto, un desconocido o alguien, lo que no tenía mucho sentido, pero lo pensaba. Vi la botella casi llena, y esta vez sí era Pepsi lo que tenía. Y mientras me servía en el vaso, me empezó a dar asco, no la bebida, sino yo mismo. Me vi sirviéndome con el único fin de ver más llena la botella. Me imaginaba la botella rebalsando y me dieron ganas de vomitar. Vacié el vaso en el lavaplatos y lo enjuagué mil veces, mientras pensaba cosas de mí que ni siquiera despierto me había puesto a pensar alguna vez. Enjuagaba el vaso de forma casi compulsiva, no quería que quedara ni un rastro de bebida. Y en ese momento ya no sé si la botella estaba o no en la cocina, pero me parecía que la luz estaba apagada, o que estaba mucho más oscuro que las primeras veces que me levanté. No me podía sacar de la cabeza la espuma de la bebida, el hecho anormal que se llenara cada vez más, y todo eso me daban unas ganas de vomitar insoportables. Así que fui al baño, pero tenía miedo de ver mi cara en el espejo. La casa estaba cada vez más oscura y el solo pensar en mi reflejo me aterraba de una forma inexplicable. Cuando iba llegando al baño, la luz estaba prendida, lo que en parte me alivió, pero también me asustó más, por ser otra cosa más anormal que estaba sucediendo. Me asomé y había una niña, mirándose en el agua de la taza del baño, tenía el pelo negro ondulado de una forma extraña y mal cuidada, y la piel blanca, casi rosada. Creo que estaba desnuda, o con ropa interior, no sé, pero daba la impresión de ser una vieja a pesar de ser físicamente una niña. En ese momento me asusté, claro, pero no tanto como pensé que haría. Verla a ella de perfil mirando a la taza era mejor que ver mi cara en el espejo. Así que entré intentando no mirar el espejo para acercarme no sé por qué, y vi que la taza estaba llena de espuma de bebida, pero era aberrante, resultaba realmente asqueroso. Para no vomitarle encima, miré hacia el lavamanos y vi su cara en vez de la mía. No es que yo tuviera su cara, sino que el espejo como que no reflejaba de frente. En vez de verme a mí, veía un poco hacia el costado, donde estaba ella. Hasta esta distorsión del espejo era repugnante. Vi su cara rosada y muy flaca, con la boca llena de espuma, y los ojos propios de una persona que está vomitando. Tenía un poco de espuma en el pelo cerca de las orejas y hacía una mueca insoportable de mirar, como masticando con la boca cerrada, pero muy débilmente cerrada. Quería decir algo, pero no a mí, ni algún mensaje especial, nada. Pero sí era como si quisiera decir algo. Entonces empezó a vomitar, de ese vómito espumoso con olor a líquido estomacal; y me di cuenta por primera vez, doctor, que hay olores en los sueños. Ahora recién, viejo ya, soñé con olores.
-Olores -repitió el doctor con tono de voz inexpresivo-. Claro que sí, pueh. Interesante. Soñó con olores. Y dígame, hay algún otro sentido que tenga usted inhabilitado en sueños. Como el tacto, o el gusto, o el ver en colores. Sueña usted en colores siempre, o más sueña en blanco y negro.
-En colores, supongo -repitió con voz de incomodidad el aludido-. O sea, no sé, yo creo que en colores. No recuerdo ahora los colores con exactitud, pero es porque los sueños se me olvidan luego. Si hubiera tenido hora con usted en la tarde, no le habría podido contar el sueño.
-Mmh. Ok. Entonces, anoté que soñó con olores por primera vez...
-O sea, no sé si habrá sido primera vez. Lo que sí, fue primera vez que me doy cuenta, pero como le decía que tengo la tendencia a olvidar los sueños siempre, perfectamente pude haber soñado antes con olores y no haberme dado cuenta, y más encima olvidarlo. Doctor -cambiando el tono de voz por uno más entusiasmado-, no hay alguna pastilla o producto para recordar mejor los sueños. Es decir, sé que suena tonto, pero, tal vez es algún químico en el cerebro que nos hace olvidar o separar el mundo vigil del onírico, y eso pueda ser tratado o alterado con pastillas o algo. ¿Hay?
-Ja -sonrisa sarcástica y paternal-. No sé, no sé. No creo. Y si hay, tal vez, pero se debe usar para otro tipo de casos. ¿Algo más me tenía que contar? ¿Cómo van sus horas de sueño, está durmiendo como le dije? Porque acá en la pantalla dice...
-Sí, sí, pero eso no importa, es -...-. Doctor, ¿anotó mi sueño? Sabe que, no me va a creer usted, pero ya se me olvidó, o recuerdo muy poco y ya no sé qué recuerdo y qué estoy inventando ahora.
-Veamos -con voz de doctor- fecha de hoy, lalala, usted acaba de darse cuenta que puede soñar con olores.
-Sí, sí, pero el sueño. El que le conté.
-Pero si anoté lo importante, que era lo de los olores. Bueno, tan importante no es, pero lo demás está bien al parecer. ¿Está seguro de que está usted durmiendo bien, que ha dormido todos los días y...
-¡Viejo de mierda! -gritó levantándose de la silla-. Es la única persona a la que le conté uno de los sueños más interesantes que he tenido y ni siquiera me prestó atención, y más encima se me olvidó.
-¿Cómo se... -turbado a más no poder.
-¡¿Me estaba escuchando o no?!
Silencio.
-¡¿Me estaba escuchando o no?!, ¡le estoy preguntando! ¡¿Ponía atención a lo que le contaba, por la chucha?!
-!Pero cómo...
-Nada de cómo, viejo de mierda. Le importan una raja sus pacientes. Le interesa cumplir con su horario de mierda y sus horas de atención no más, hijo de puta.
Se levantó y cerró la puerta con violencia. Bajó los diecinueve pisos y caminó hasta el Santa Lucía, se sentó en una banca y vio pasar una niña tomada de la mano de su mamá con una botella de bebida Fruna y su mano en el coche rosado de su hermana chica. Esbozó una leve sonrisa, ya que, como pocas veces en su vida, recordó partes de lo soñado, y casi podía ver con claridad la botella en la cocina, el espejo y la espuma en el water.

martes, agosto 18, 2009

Rindióse o: la voz dispante

-Puede que al despertar no sientas absolutamente nada -la voz disipante- puede ser incómodo en un principio, pero termina por llenarte de paz. Una paz necesaria... te rindes...
Tal vez eso me faltaba. Rendirme.
Negar la evolución del hombre, la revolución luciferina y contrarrestar el proceso de soberbia que llevó a erguir nuestras columnas y a alzar nuestras cabezas, abrir nuestras cajas toráxicas y levantar nuestro cuello como tronco de árbol.
La paz de sentirse arrastrado, de decidir ser arrastrado como una sombra que siente el goce, el roce y el dolor, incómodo dolor de la superficie sobre la cual se desliza. Esa paz anhelo, esa paz deseo.
No las paces de sentarse y ser esclavo del cuerpo, o la falsa paz del morir, del dormir y la eutanasia.
Me rendí a su mano de ángel y esperé que me durmiese con inhumanos y bruscos masajes no-táctiles, con golpes no-físicos y con deshollamientos no-desgarradores.
Inseguro, claro, como siempre. Su mano en mi largo cabello, su antebrazo en mi cintura. Contactos precisos que despertaban reacciones psíquicas específicas. El relámpago que desata la furia del trueno. Que solo para nosotros es furia; respiración del cielo. El simple ronroneo de los dioses. Los que no llegaremos a ser, hay que hacer la diferencia.
Las yemas de sus dedos suaves en movimiento, pero toscas en relieve, se deslizaban por los parajes cercanos a mi espina dorsal. Cerraba los ojos rendido, completamente rendido.
Los movimientos no eran físicos. El roce de su mano en mis costillas se extendía hasta mi cuello, los lóbulos de la oreja, mi cabello erizado solo por dentro.
El pequeño hundimiento de su palma en mi cintura giraba a mi alrededor, rodeando hombros, cerebro y cervical. Estremeciendo un poquito, en su justa medida, mis nervios, piel, estado anímico, sueño, sueños y recuerdos.
-... -la voz disipa, se disipa-...

El negro es un estado cómodo, pero culpable. El sueño es placentero, pero pecaminoso.
Sumergirse en agua negra trae esa falsa paz de no ser arrastrado, más pacífica que la paz verdadera. El espesor del inconsciente envuelve con delicadeza pero decisión. Se arremolina en torno al rendido para dejarle sin recuerdos, y a través de él Dios nos roba horas. Nos roba tiempo y vida, porque ha venido a matar, robar y destruir. Nos quita recuerdos, arrebata mundos a modo de diezmo, para entregarlos a la farsa de la tribu de Leví. Nos acaricia con manos aleonadas, y sumiéndonos en paisajes hermosos, absorbe sus aromas, sus colores y las creaciones que en él habitan. Nuestras creaciones que se lleva de a poco hasta que el precio de la creación esté saldado. Hasta que el precio de la redención sea olvidado. De ahí la comodidad del sueño. De ahí el onirismo ligado a lo vaporoso, lo blando, lo suave, terso y aterciopelado.

A torso pelado desperté en semi-negro, con algo de frío inexplicable. Era soportable pero inquietante. No era un frío penetrante, climático-atmosférico. El frío era natural, progresivo y permanente.
El semi-negro lo adjudiqué a los ojos semi-cerrados, semi-imperceptibles al tacto por el letargo ya previamente advertido, pero percibibles si se tiene los movimientos suaves de los toscos dedos de sus manos desgastadas y perfectas. Sus dedos estaban ahí y lo sabía, pero no sentía lo que sí sentía antes de caer en el espesor negro.
Tal vez eso no era exactamente lo que me faltaba. Me rindo. Ya lo hice. Ya he decidido arrastrar el cuerpo para dejar atrás los límites físicos y de percepción táctil, material y sensorial.
Sirvió de algo, lo acepto. El abrazarse a sí mismo nunca fue tan placentero. Ya no anhelaba cuerpos, anhelaba almas. Anhelaba presencias vitales, pensantes, sensibles. Tan banal se volvió entonces la distinción de sexos, de edades, de razas, de impresiones visuales, de olores. Caminé por la sala oscura, buscando la puerta que dejaría salir mi cuerpo. Sentí, o creí sentir sus manos tomando mi cintura desnuda. La yema de sus dedos despidiéndose de mi espina dorsal, el borde interno de sus dedos intentando retener absurdamente las puntas de mi cabello.
Sentí el roce de otras personas, de otras pieles, y me cuestioné mientras avanzaba sobre el cuerpo muerto. El doble sentir que poseía en el momento: uno minimizado e idiotizado que es el táctil, capaz de sentir un cuerpo vivo tal como se siente uno recién muerto; y el sentir no-sensorial, la belleza del saber, del percibir sin los órganos, sin el cuerpo, sin la célula que mantiene preso a Dios.
Afuera llovía. Casi escuchaba, casi sentía, casi olía la tierra mojada. Pero sentía una belleza en la lluvia que más adelante no se repetiría. Jamás como experiencia, casi imposiblemente como recuerdo vívido. Es parte de lo que no nos roba Dios, pero que sin embargo desaparece. Se convierte en aliento, en vapor, en respiración y en aire, en fluidos orgánicos, en gases, en lágrimas, en suspiros y en tanta barbaridad humana que no notamos por estar rellena de ello la celda natural. El agua corría por mi rostro con otro sentido. El pelo me caía por el pecho y las costillas con otro ritmo. Mis pies se hundían en charcos de agua y barro con sencillez nunca antes percibida. Mis ojos tendían a abrirse solo para respirar y no sentirse más presos. Mis movimientos libres y armoniosos, difíciles de recordar ya encontrandome de vuelta en la luz blanca, evocaban los dedos de sus manos, las arrugas de sus dedos y la delicadeza perfecta de sus arrugas, la delicadeza de sus manos.
Muy posiblemente caí de rodillas en el barro y mirando al cielo sentía como alrededor andaban vidas, movimiento de seres, de cuerpos, de vivos, de semi-muertos. Y acompañándoles, se percibían, en menor intensidad, temperaturas, distancias, velocidades, texturas, cuerpos, olores, sabores que entraban sin autorización a las puertas de la lengua y el paladar, luces, colores, pseudo-colores, brisas, caricias... La paz de llevar el cuerpo al arrastre, comandado por el ser verdadero que yace, por lo general inválido dentro nuestro. Postrado entre paredes de carne y sangre, de huesos, cartílagos y demases estructuras desagradables, producto del mal gusto arquitectónico de Dios.
Sus fuertes manos, sus suaves movimientos, tomaron mis hombros, bajaron, mis costillas con el cabello mojado sobre ellas, bajaron, mi cintura desnuda, bajaron, mis caderas encintadas aún en jeans y cuero. Sus arrugas de perfectos movimientos, el sonido de la lluvia, el frío que no venía desde fuera y sus labios susurrando junto con la caída del agua. Su cuello erguido como tronco de árbol, su caja toráxica soberbia apoyada en mis omóplatos ya sin alas luciferinas, su caminar ondeante, su mentón en el lóbulo de mi oreja, sus pómulos y su ceja sobre mi cráneo mojado. La caída del agua sobre su cuerpo fuerte y tosco y sus suaves movimientos tersos y aterciopelados.
Entro por la puerta arrastrando al rendido, mojado, con las rodillas posiblemente ensangrentadas. Con algo de frío que no venía de afuera. Era un frío natural, progresivo y permanente. Contrastaba con su firme y viril respiración, su aliento ligado a lo vaporoso, lo blando, lo suave, terso y aterciopelado. Las arrugas en sus dedos, en su rostro. Su piel gastada.
¿Cuántas veces, oh Lucifer, había sentido él lo que yo sentía entonces?
¿Cuántas veces sintió la vida fluir a su alrededor?
¿Provenía de experiencias tales, oníricas, no, no, reales, verdaderamente reales, fuera de la prisión carnosa y sanguinolienta, mucosa y venosa, todos sus movimientos divinos, sus dedos, sus manos, sus arrugas, oh, Lucifer?
La lluvia afuera parecía acompañar más su existencia que cualquier movimiento, habla, sonido, intervención humana.
Los riachuelos de gotas de lluvia corriendo calle abajo simulaban mejor sus cabellos, el ondear de sus cabellos de lo que cualquier imitación, burda y humana podría llegar a hacer.
Tragué el agua que había entrado por mi boca, mi nariz, mis poros y sentí como bajaba a mi estómago helado.
Me tomó nuevamente de mis caderas encintadas de jeans y cuero, subían, sus manos me tomaron de mi cintura desnuda y me acercaba al fuego, subían, de mis costillas removió mi cabello mojado y las puntas que sí tenía sentido retener, subían, mis hombros tocaron las yemas de sus dedos, sus labios, su mentón y su cuello erguido como tronco de árbol.
Temblaba, cada vez el frío interior era mayor. Mis intestinos congelados, no percibidos poco antes por la atenuación de los órganos sensoriales, tendían ya a quebrajarse de frío. Mi hígado se acercaba a crujir y mis pulmones permanecían tiesos y minimizados. Me arrodillé y abracé de sus piernas. Mis labios tocaban el pantalón sobre sus muslos. Estaba mojado. Estaba mojado también. Mis ojos entreabiertos no sabían bien aun si divisaban la gente que antes creyó entrever dentro de la estancia.
Todo parecía volver a negro y ya no sabía si lo deseaba o no.
Sumergirse en la espesura del sueño parecía tan atractivo como quitar tal letargo y volver a sentir con solo cinco, reemplazando el sentir único bajo el cual se puede prescindir de cualquier sensación física.
Atrapé sus piernas con mis brazos enrollados en torno a ellas, me erguí estando de rodillas, y sentía en mi nariz el roce de su cuerpo ascendente. Su tibia entrepierna intentó distraer mi atención por un momento, pero la posición erguida ante todo, erguir la columna y a alzar la cabeza, abrir nuestras cajas toráxicas al cielo, a su rostro, a sus manos delicadas y toscas, a su cuerpo, su tibieza natural y su entrepierna nuevamente. Mis ojos se hallaban clavados en su pecho, pero se rindieron nuevamente. Mis pulmones no lograban almacenar el aire suficiente, y la oscilación del malestar confundía mis estados anímicos. Mis manos intentaron agarrar sus riñones tibios, a cada lado de su espina dorsal. Mis uñas se clavaron en su espalda mientras sentía mis riñones después de horas.
Me confundían las horas que estuve sumergido en el negro éter, y le sentía contaminando mi cuerpo, y hasta mis pensamientos.
El tibio negro éter se había helado como todo termina por hacer, pero algo no calzaba en el todo ni en la nada.
Me rindo, me rindo, me rindo.
Ya no quiero respuestas, prefiero ser interrogado.
Mis labios se pegaron a su cinturón y descendiendo la mirada sentí nuevamente su tibieza. La tibieza extrema que ganaba como Dios gana poder con los sueños que ha robado por años.
La tibieza que robaba a mi cuerpo y cómo se volvía más irressistible, cálido y fornido, en fuerte contraste con el frío negro que me carcomía por dentro.
Mi rostro casi inmerso, entregado a la tibieza de su sexo cubierto clamaba con gotas de lluvia bajo los ojos, pero él no escuchaba porque de mi boca helada no alía palabra alguna.
Sin despegar mis labios de su zona viril, vital y viva, ni mis uñas de su espalda aterciopleada, sentía como mis piernas caían bañadas en hielo negro, con mi entrepierna ya gangrenada en el frío éter solidificado, y me desplomaba en el suelo mientras una multitud incontable, mis sentidos se perdían, aplaudían como mi ser se ahogaba en su propio cuerpo; como su tibieza, que lo carecterizara de antaño robaba como Dios y consumía lo que me quedaba de vida. El crujir de un par de huesos, la lluvia en la ventana, los aplausos, y el recuerdo de un espesor negro que ahora se hallaba cristalizado y en expansión. Los aplausos aumentaban y su voz disipante...

jueves, agosto 06, 2009

Si supiera qué tal fue el día, no estaría de madrugada esperando a ver qué pasa.

No recordaba. Pero no importa realmente.
¿Le llamó? ¿No le llamó?
La duda entre la insistencia patética y rastrera y la desconsideración fría y despiadada se balanceaban en su mente como si fueran peces semitrasnparentes, con algunos tonos del lado frío dela paleta, como azules, verdes y lilas (porque las palábras púrpura y violeta suenan muy cálidas como para ser frías), que se mueven con ondulaciones que para un espectador serían sexuales, pero que no lo son para ellos. Para nada.
Creer que estaba sentada o acostada ocupó más tiempo en su cabeza que creer si pensaba o no en él. Después de todo, dependía en gran parte de eso... creo.
De haber tenido un vaso con agua al lado habría intentado meterse dentro de él. Lo cual pudo haberle causado serias heridas. Y aunque vaya que ha leído sobre los peligros de los restos de vidrio en la sangre (los trabajadores en fábricas de vidrio, el pueblo trabajador, el neo-sub-terrismo lillano, el esto-no-tiene-nombre), su estado de ahueonismo no le deja pensar como lo hacía en su época de esplendor, en el amanecer de los ídolos.
Se da vueltas en las safradas y frázanas de su cama que se mezclan formando cosas extrañas como frazadas. Alcanza el teléfono después de rodar y desea marcar un número que casi sabe que no se sabe de memoria. Cree que ella cree que se lo sabe porque posiblemente ella sí sabe el número suyo, y aunque no sea de memoria, lo de la memoria se debe solo a las pastillas o a la falta de ellas.
Tiene el cuernófono en la mano mientras las olas van y vienen dentro y fuera de.
Echa su cabeza hacia atrás y se pregunta si acaso está ebrio o drogado, pero no se responde. Y esperando respuesta pone cada vez más atención al cuernófono (no) sabiendo que al otro lado no hay nadie porque no se puede estar a sí mismo así mismo.
Las luces verdes y azules (nunca vio las lilas) giraban en el cielo interrumpido por el gollete donde debiera ir la ampolleta (que no se nota mucho, ¿cierto?). Si girasen más rápido, formarían círculos concéntricos que le recordarían viajes astrales desagradables a dormitorios desordenados de personas desgraciadas en momentos detestables. Tal vez recordaría las sustancias que no consumió y entonces sí quedaría mal porque el efecto placebo es el único que cura el SIDA y asuntos macros como ese.
La música debe estar sonando pero ya no la oye. La radio brilla cian y no está seguro del movimiento de sus números. O mejor dicho del cambio de uno por el otro que suele ser el sucesor del que desaparece. A rey muerto, el tuerto es el nuevo rey, siempre y cuando sea un país de ciegos, o mejor dicho un reino, ya que los países son republicanos y no monárquicos.
Si no le mareara tanto el mar habría estado mirando el dibujo ya borrado de las sábanas (una nueva mezcla) que de todos modos se puede apreciar si se tiene la suficiente memoria fotográfica y la suficiente inteligencia asociativa, que es la más importante porque solo con ella podemos ganar el bachillerato.
Se maldice por pensar estupideces y piensa que tal vez debería estar sufriendo.
Mira su cuerpo frágil, con fuertes huesos pero piel como papel maché (de diario, o periódico, semanario o revista aperiódica generalmente gratuita), gastada junto con su dignidad, con sus promesas de mierda que se rasgan como su piel, no-arrugada pero sí arrugable, como su palabra, que es tan débil y poco segura como su piel.
Se odiaba, se aborrecía, y es probable que aun lo haga.
¿Y si fue un buen día? Día de nubes que sonríen y madres que pasean con sus hijos, día de flores acolchadas y palabras bonitas que no suenan falsas...
Si estuviese seguro de eso, o mejor, si tuviese la ingenuidad del doblepensar y creerse a sí mismo que así mismo había sido, podría dormir en paz. Dio un par de braceadas y llegó hasta el borde de la camohada, con el alma en la garganta y cerró la puerta de la radio que brillaba cian porque, claro, tenía puerta.
La habitación quedó a oscuras y poco a poco los peces del cielo se fueron apagando como las estrellas suelen hacerlo en la hora en que ella se queda dormida.
Entre el oleaje nocturno y la nada, algo parecía brillar oírlo en el aire. Y el pobre muchacho de papel maché no estaba seguro de verlo/olerlo/oírlo o cualquiera de los otros sentidos que no recordaba porque nunca les tomó mucha importancia.

Tal vez ella está acá. Siempre lo ha estado, le dijo Dios mientras la mano dormida y acalambrada del muchaché de papel chacho olvidaba el cuernófono que sostenía o tal vez ya no.

Abrió muy poco sus labios y cerró mucho sus ojos. Tenía miedo de verse encender la ampolleta que posiblemente ahora sí estaba en el soquete vacío, o en algún otro soquete de ampolleta escondido a espera de algún barco a la deriva que apuntar para cegar a su capitán y saquearlo.

Creyó ver/oler/oir su mirada/aroma/voz, a las que realmente nunca les había prestado atención por fijarse demasiado en lo que provocaban en él más que en ellas mismas.



Quédate -dijo con voz de hijodeputa, tardando muchas horas y/o días en terminar lo que sigue-. No enciendas la luz. Los ojos duelen. Tal vez ver tu rostro al hablarme sería provechoso en estas circunstancias, pero no al precio de tener que tragar todas esas formas y colores que rodean actualmente todo. Puedo imaginarte; habla. Si acentúas lo suficiente las palabras podré imaginar más fácilmente tu expresión. La verdad, quisiera ver tus ojos. Pero no, no. Los imaginaré también, aunque no es lo mismo. Cada vez que intento recordarlos, sólo se forman imágenes mezcladas de ojos en mi mente, y no es hasta que los veo cuando logro saciarme. Entonces ya no necesito volver a ver más. Nada. No es necesario. Tal vez ahora me baste sólo con tu voz. Háblame, dime algo. Quisiera que te acercaras y poder tocar tu cabello, pero entonces sabré que no hay cabello alguno, y toda posibilidad de oír tu voz se desvanecerá en una ráfaga de luz imaginaria, reveladora, purificadora. Y entonces me hallaré solo y lejos de tu deseo. Y sabré que jamás has estado aquí. Y que ya no te interesa estarlo. Y que este lugar no existe ni siquiera en tu inconsciente.
Prefiero saber que si estás. Que tus cabellos están cerca de mis manos, que de tus ojos emana vida hacia mí, cruzando la oscuridad, que tu voz acariciará mi soledad y me sentiré reconfortado ante el tibio aliento que brota de tus labios entreabiertos. Que intentan decirme algo, que están punto de hablar. Y tu voz se deslizará por la negra atmósfera y yaceré junto a ti. Tan lejos de la soledad como puede estarlo la acogedora penumbra del exterior enorme, cegador y colmado de verdades.

Dios, o ella, que a estas alturas ya eran lo mismo en su mente, al otro lado del cuernófono, lo encontró penoso y poco digno, por lo que cortó con amor.

...Los peces no volvían.
Los estuvo esperando un buen rato cada vez con más esperanzas de recordar si fue el anterior un buen día.